BIO-CONSTRUCCIÓN PREVENTIVA II: GEOPATÍAS Y GEOBIOLOGÍA

Geopatologias

Un factor de riesgo en el que pretendemos profundizar, poco conocido es el que engloba el concepto de geopatologías. Entendemos que es determinante de muchos procesos de enfermedad de los usuarios de centros de trabajo o edificios, y que no ha sido considerado, hasta el momento, salvo lo referido al gas radón.

Se trata de fuentes de radiación geofísica o telúrica de origen natural situadas en el subsuelo y que ejercen efectos muy negativos sobre los procesos biológicos de los seres vivos, esto es, tanto de personas, animales y plantas. Esto explica los usuales casos de los niñ@s que huyendo de una zona patógena, se caen de la cama o aparecen en algún extremo de la misma; o los árboles que crecen inclinados huyendo de una zona concreta o se desarrollan de forma retorcida. O el típico comentario de “en esta cama sí que duermo bien”, cuando se sale de casa.

Estas disfunciones biológicas, además del gas radón (que no es objeto de este estudio) están causadas por: venas de agua subterráneas, líneas Hartman, Curry o Diagonal, Kunnen y Benker así como fallas. Generan el denominado “estrés geopático” afectando a la vertical por las que transcurren. Esto significa que se detectan a nivel del suelo y también en los pisos más altos de los edificios.

Las corrientes o venas de agua subterránea:

Incrementan la síntesis de la hormona de la glándula suprarrenal y del tiroides (Endrös, R. 1987). Altera los procesos biológicos de transmisión de la información entre las células, los procesos de regulación homeostática o la actividad biológica del sistema inmunitario, así como los procesos de reparación y regeneración celular. También se ha observado la alteración de la frecuencia cardiaca y el predominio del sistema nervioso simpático frente al parasimpático, que predomina cuando una persona se ubica en “zonas neutras”, esto es, zonas no afectadas por esta geopatía.

Fallas, grietas, diaclasas.

Se presentan como los puntos de salida hacia la superficie terrestre de radiaciones y gases del subsuelo, como el gas radón. De esta manera, allí donde hay coincidencia de fallas y radiaciones gamma, están llegan a presentar niveles superiores al 50% respecto de zonas neutras. También se detectan diferencias de potencial eléctrico e incluso desviaciones de la brújula.

Redes energéticas de la tierra: líneas hartmann y curry.

El campo electromagnético terrestre se manifiesta a través de un entramado de redes superpuestas. Unas presentan dominante magnética y otras, son líneas de fuerza con dominante eléctrica funcionando, en ambos casos, como canales de circulación preferente de la energía.

La red Hartmann presenta líneas paralelas de dirección norte-sur, separadas unos 2.5 metros de media; y en dirección este-oeste, separadas unos 2 metros. Su anchura media es de unos 21 cm. Atraviesa capas y sustratos geológicos  y  también,  los  materiales  de  construcción.  Su  incidencia  se  ha observado a más de 2.000 metros de altura.

Sobre ésta su superpone la red Benker con separación de 10 metros entre las líneas N-S y 8 m. entre las E-O. las líneas Kunnen, engloba las anteriores redes, hallándose cada 40 metros aproximadamente.

La red Curry diagonal es una red energética cuyas líneas se proyectan de forma diagonal respecto a los puntos cardinales. Se suelen encontrar cada 4-6 metros en dirección sureste-noroeste y cada 6-8 metros en el sentido noreste- suroeste. Su anchura media es de 40 cm.  Los cruces de líneas Curry son zonas altamente geopatógenas, así como el cruce de una línea Hartmann con una Curry. Incluso algunos autores recomiendan evitar posicionar camas o mesas de trabajo encima de una sola línea Curry.

 

El análisis de miles de viviendas por parte del Dr. Hartmann y discípulos, demuestra que la permanencia durante largos períodos sobre dichas líneas, particularmente sobre los cruces de líneas, se convierte en un serio factor de riesgo para la salud y el equilibrio biológicos de los seres vivos.

Las geopatías analizadas afectan, incluso, a la resistencia mecánica de los morteros y hormigones que disminuirán, si su fraguado tuvo lugar en un lugar geopatógeno. Además, influyen en la aparición de hongos y otras afecciones que afectan a los materiales, particularmente, a las maderas (Cores, P. 2005).

 

GEOBIOLOGÍA Y BIOHABITABILIDAD

El sentido de prevención de todo especialista en PRL, exige, en la visión global y holística que le damos a las edificaciones, un estudio riguroso y profundo de geobiología y biohabitabilidad, particularmente en las zonas de máxima permanencia de las personas. La finalidad última es rediseñar y reorganizar los espacios, especialmente donde una persona está mucho tiempo. De esta manera, las mesas de trabajo, dormitorios, etc. se deben situar en “zonas neutras”, esto es, sin afectaciones de las redes antes analizadas y cualquier otra geopatía mencionada.

La geobiología o ciencia centrada en el conocimiento y estudio de las influencias de la tierra sobre la vida, tampoco es tan novedosa. De hecho, desde la prehistoria, íberos, romanos, griegos o tribus nómadas del desierto, buscaban “el buen sitio”, el lugar favorable para vivir, donde localizar moradas y templos.  Así, la mayoría de los monumentos milenarios que se conservan, sobre todo los de carácter religioso (iglesias, mezquitas, dólmenes, etc.) están totalmente definidos por el lugar y su entorno. En tiempos más recientes, las primeras referencias científicas aparecen a finales del s. XIX y XX, con los estudios del doctor Havilland, del barón Von Pohl, asociando casos de cáncer con la sobreexposición a una intensa radiación natural, esto es, la vertical de una corriente de agua; o Pierre Cody, sobre la relación del gas radón con el cáncer de pulmón. El fundamento de la geobiología actual y el concepto de geopatología se le atribuye al médico alemán Ernest Hartmann el cual, a través de miles georritmogramas constata la dependencia de la salud física, psíquica y emocional del ser humano respecto del lugar preciso en el que trabaja, vive o duerme. Hoy día, se ha ido ampliando los originarios riesgos asociados a radiaciones naturales con nuevos factores de riesgo ambiental relacionados con las radiaciones artificiales o las sustancias químicas hasta llegar al concepto de biohabitabilidad, propuesto en 2006, en el I Congreso Internacional Salud y Hábitat.

La biohabitabilidad analiza los factores de salud y riesgo de las edificaciones, considerando las opciones que las eviten o minimicen. Desde este enfoque, la bioconstrucción se revela como determinante para que las estructuras sean favorables a la salud y a la vida.

MATERIALES CONSTRUCTIVOS PELIGROSOS PARA LA SALUD

La baja calidad biótica de los ambientes interiores es determinante para la aparición de distintos factores de riesgo para la salud. Éstos son biológicos (bacterias, hongos, esporas, ácaros …), químicos (formaldehidos , monóxido y dióxido de carbono, COV …), físicos (confortabilidad térmica, ruido, radiaciones inonizantes y no ionizantes) y de carácter psicosocial (índice de satisfacción, relaciones interpersonales …).

Es una evidencia que esa baja calidad biótica se debe a las sustancias nocivas, tóxicas, irritantes y peligrosas, presentes en cementos, maderas aglomeradas con formaldehido, moquetas, fibras sintéticas, mobiliario, pinturas, productos de limpieza, etc.

Especial e independiente mención, por el nivel de importancia y su masivo uso en la construcción moderna, merecen los morteros de cemento. Este material, que desplazó casi totalmente a partir de los años 50 el tradicional mortero de cal, presenta unas cualidades bióticas pésimas. De esta forma, destaca por su baja pemeabilidad a las radiaciones cósmicas así como al agua y al aire. En definitiva, es un material que “no respira”. Es muy conductivo y poco elástico. Aguanta mal el paso del tiempo. Todo ello se agrava con el empleo sistemático de todo tipo de aditivos químicos y, quizás, el menos conocido añadido de escorias recicladas de altos hornos, de incineradoras y, también, escorias de desfosforación. Se ha documentado, incluso, la incorporación de desechos nucleares de baja intensidad para, por un lado, facilitar el calentamiento de los hornos de las cementeras y el consiguiente ahorro de energía para el fabricante; y, por otro, la “eliminación” de unos residuos de difícil y costosa gestión. De esta forma, el material, aplicado en obra puede emitir gases tóxicos e incluso, radioactividad a lo largo del fraguado así como su perduración durante años.

La peligrosidad de este cóctel tóxico, a modo meramente ilustrativo, se ve reflejada en las analíticas de sangre realizadas a 39 europarlamentarios y 8 personas más de diferentes países en diciembre de 2003. Se encontraron 76 productos industriales tóxicos, persistentes y bioacumulativos. La persona que más tóxicos presentaba eran 41 compuestos; la que menos, 13. Los datos se publicaron el 21 de abril de 2004 (WWF.2003).

De igual modo, son materiales que evidencian un “consumo oculto” de energía. Es lo que se ha denominado “energía gris” de los materiales de construcción que viene a reflejar el coste real de su producción, transporte, almacenamiento y en su fase de deshecho. Se calcula en Kwh de consumo energético por cada tonelada de material disponible. Son materiales que, en definitiva, presentan una significativa “huella ecológica”. Éste poco conocido concepto define “la cantidad de superficie y energía necesaria para producir bienes y servicios y asimilar los residuos generados por una población determinada con un modo de vida específico, donde quiera que se encuentre ese área”. Es un indicador ambiental integrador del impacto que ejerce una cierta comunidad y actividad humana, país, región o ciudad sobre su entorno. Y, en consecuencia, un indicador y parámetro de salud y de seguridad de territorios y ecosistemas y, por tanto, de todo ser vivo que allí habite.

 

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