BIO-CONSTRUCCIÓN PREVENTIVA I: SÍNDROME DEL EDIFICIO ENFERMO

Son múltiples las patologías derivadas del empleo masivo y sistemático de materiales constructivos tóxicos en la edificación moderna. Así, muchas construcciones y centros de trabajo se revelan como espacios patológicos e insanos para aquell@s que viven o trabajan en los mismos. De esta forma, asfaltos, aislantes térmicos, cementos aditivados, derivados del cloro (PVC), etc. son algunos ejemplos que incrementan, además, de forma significativa, la huella ecológica de los edificios. La bioconstrucción o baubiologie es un concepto que resume la idea de salud, seguridad, sostenibilidad y bienestar en las edificaciones. Ofrece soluciones constructivas y materiales que se revelan sanos (o al menos, inocuos) para los seres vivos y su medio ambiente; y eficientes, en términos de coste energético en su proceso productivo. En tal sentido, son materiales que presentan una muy inferior huella ecológica, tanto en su producción como en su fase de desecho. Algunos son: la cal, la tierra, el corcho natural, el cáñamo de marihuana, la termoarcilla, etc. En definitiva, la bioconstrucción y sus efectos es lo radicalmente contrario al Síndrome del Edificio Enfermo y sus patologías.

INTRODUCCIÓN

Los edificios definidos como enfermos aparecen en los años 70 caracterizados por su hermeticidad. Consecuencia de ello, adquiere una importancia determinante las instalaciones de aire acondicionado, lo cual ha incidido de manera significativa en la calidad del aire interior de los mismos y en su enorme ineficiencia e insostenibilidad energética.
Más recientemente se han ido ampliando las causas que contribuyen a enfermar edificaciones, en general, y centros de trabajo de oficina, en particular, produciéndose variadas patologías a los residentes o usuarios. En tal sentido, destacan la generalizada presencia de todo tipo de aparatos eléctricos así como los sistemas de telecomunicaciones y electricidad, en sentido amplio que producen importantes campos electromagnéticos (C.E.M.) y cargas electrostáticas positivas, agravados en circunstancias de baja humedad relativa; o los materiales de decoración no naturales (enmoquetados). Sin embargo, han pasado más desapercibidos otros factores de riesgo como, por ejemplo, los productos de limpieza usados en las estancias y, particularmente, las geopatologías telúricas (salvo lo referido al gas radón) así como los materiales constructivos de las mismas.
Esta multicausalidad, y las sinergias que se producen, hace de muchas construcciones y centros de trabajo, espacios insanos para aquell@s que viven o trabajan en los mismos. De esta manera, se producen múltiples patologías, destacando la lipoatrofia semicircular y el más novedoso síndrome de sensibilidad química múltiple (S.Q.M.). En tal sentido, se considera que, en la actualidad, más del 30% de los edificios modernos altamente tecnificados se pueden etiquetar como edificios enfermos, esto es, estructuras con capacidad de enfermar a sus moradores, aunque estén arquitectónicamente bien resueltos.
El objeto de la presente pretende poner en valor la calidad biótica de los ambientes interiores, con la finalidad de determinar otros posibles factores de riesgo para la salud asociados al edificio y que la literatura que analiza este tema ha ignorado hasta el momento. De esta forma, destacaremos las geopatologías o energías telúricas del subsuelo así como los materiales constructivos tóxicos de la construcción moderna sin dejar de plantear alternativas sanas, energéticamente eficientes y ecológicamente sostenibles que se resumen bajo el concepto de Bioconstrucción.

SÍNDROME DEL EDIFICIO ENFERMO

Desde que la OMS informara en 1982 de que los edificios pueden constituir un riesgo para la salud del ocupante, los elementos causales asociados al SEE han ido evolucionando desde la calidad del aire interior a otros parámetros más amplios como las cargas electrostáticas, los niveles de humedad relativa, la artificialidad de los elementos de decoración interior y, añadimos, el tipo de materiales utilizados en su construcción, productos de limpieza, etc. En ningún caso, se ha puesto en valor elementos intangibles relacionados con la energía telúrica del interior de la tierra, salvo lo referido al gas radón. Por ello, pretendemos profundizar en lo referido a materiales constructivos que se han revelado como factores de riesgo para la salud (y no sólo, de las personas) y las geopatologías que van más allá del radón.
De esta manera, la presencia de materiales sintéticos, plásticos y no transpirables, la hermeticidad, los sistemas de calefacción/refrigeración centralizados o la exposición habitual a fuentes de radiación ambiental artificial, han multiplicado los factores de riesgo para la salud que ponen de manifiesto la baja calidad biótica de los ambientes interiores. Estos factores son de tipo biológico (bacterias, hongos, esporas, ácaros…); de tipo químico (COV, formaldehidos, monóxido de carbono …); factores físicos (confort térmico, iluminación, ruido, radiaciones ionizantes y no ionizantes); y de carácter psicosociales (índice de satisfacción, relaciones interpersonales …).
De esta forma, los niveles de exposición a las radiaciones artificiales actuales o Radiaciones no ionizantes, se han incrementado en miles de veces en los últimos cincuenta años. Se justifica por la aparición de nuevos productos tecnológicos y su total popularización, lo que hace que esté presente en todos lados; y al aumento masivo del número de usuarios. De esta forma, convivimos con altos niveles de campos eléctricos alternos, de cargas electrostáticas positivas y, en definitiva, con altos niveles de contaminación electromagnética (C.E.M.) asociada a transformadores, equipos electrónicos, redes eléctricas, telefonía inalámbrica, telefonía móvil, redes wifi o wireless o sistemas DECT. Todo ello agravado en circunstancias de baja humedad relativa (inferior al 50%). De esta manera, en el interior de las viviendas, encontramos la C.E.M. en los electrodomésticos, lámparas compactas de bajo consumo, lámparas halógenas con transformadores, reactancias de los tubos fluorescentes, PC, televisores, cama eléctrica, el ascensor, etc.

Esta brutal y constante exposición a estos campos artificiales electromagnéticos, convierte a muchas personas en electrosensibles. La electrosensibilidad afecta, según la OMS, a entre el 1 y el 3% de la población. Se manifiesta a través de los siguientes síntomas: cefaleas, irritabilidad, estrés, picor de piel, dolores articulares y musculares, alteración de la visión (rojo- verde), trastornos nerviosos y del sueño, fatiga, cansancio crónico, dificultad de concentración, pérdidas de memoria y de apetito, problemas neurológicos, caída exagerada del cabello, alteraciones de los electrolitos en sangre y del número de plaquetas, taquicardia, hormigueo o baja respuesta del sistema inmunitario, ante la proximidad habitual a una fuente.
A ello hay que sumar la radiación ionizante debido a la radioactividad presente en los materiales de construcción o la exposición habitual a radiaciones naturales debido a la intensa actividad geofísica o telúrica que produce, también, una amplia, reiterativa y variada sintomatología que tienden a desaparecer al abandonar (aunque sea temporalmente) el edificio. En este sentido, la lista de síntomas va desde afectación ocular (lagrimeo, enrojecimiento o escozor), irritación de la nariz y garganta, sequedad de piel y mucosas, afectaciones cutáneas, infecciones y dificultad respiratoria, disfonía, tos, cefaleas, vértigos, mareos, náuseas, dificultad para la concentración, irritabilidad, somnolencia, dolor corporal. Además, potencia patologías como la fatiga crónica y contribuye al surgimiento de nuevas como la lipoatrofia semicircular, la electrosensibilidad o el síndrome de sensibilidad química múltiple (S.Q.M.). Esta última, el S.Q.M., es una enfermedad emergente y crónica provocada por el exceso de productos tóxicos vertidos en el medioambiente, así como de aquellos otros químicos que forman parte de la vida cotidiana, que ocasiona una falta de adaptación al medio. El carácter de la enfermedad es multisistémico, por lo que se desencadenan  muy variados síntomas –algunos muy graves-, y lleva al afectado, en la mayoría de los casos, a una significativa disminución de su calidad de vida y a una reducción muy importante de su actividad cotidiana respecto al momento anterior al desarrollo del síndrome.
Es por todo ello que se justifica la imperiosa necesidad de introducir el concepto de “higiene energética”, lo que implica modificar hábitos cotidianos de la ciudadanía al objeto de minimizar la exposición continuada a radiaciones naturales y artificiales, así como sus sinergias. El punto de partida tiene lugar realizando un profundo estudio de las geopatologías a través de la geobiología, que analizare y compartiré con ustedes en un próximo post.

En definitiva, más que hablar del síndrome del edificio enfermo, tal como apunta Mariano Bueno, en realidad deberíamos denominarlo “síndrome del edificio que enferma a sus moradores”. (Bueno, M. 2009). Arquitectónica y estructuralmente, pueden estar bien resueltos, pero no es inocuo al mermar la salud y el bienestar de sus ocupantes. Por tanto, la máxima “Dime donde vives/trabajas y te diré lo que padeces”, resume la interrelación existente entre el lugar donde transcurre la vida de una persona y la salud o la enfermedad y, por tanto, con la misma esencia de la calidad de vida.

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